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“Barcos en Houston” y la región más trepidante del aire

En Barcos en Houston, la narradora Nadia Villafuerte (Chiapas, 1978), capta la realidad de la frontera sur con los sentidos ávidos que exige el periodismo de investigación. El libro reúne 15 cuentos que resaltan los hábitos y el deterioro del núcleo familiar por el impacto negativo de la globalización, con personajes que se ubican en situaciones límite, destinados a prostituirse o a refugiarse en las pandillas.

Por Antonio Moreno Montero
Sábado, 12 de Diciembre de 2009

Para mi padre Jacobo Moreno y  Ubel Hernández,

prodigiosos narradores de excentricidades.

 
Barcos en Houston (Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Chiapas, 2005) es la exacta radiografía de un ecosistema fronterizo minado por la pobreza, el desempleo, el analfabetismo, la violencia transnacional, la prostitución y el abuso de autoridad, donde la posibilidad de tomar el camino de la migración en la primera oportunidad no compite con el acto de imaginar otros mundos más óptimos y menos degradantes. Este libro de cuentos es el mejor mural que se ha escrito sobre la frontera sur, cruce de culturas e identidades afines.
 
Mi recuerdo más inmediato de la frontera entre Guatemala y Chiapas data de mediados de los 90. En esa ocasión crucé a Tecún Umán con la certeza de quien anhela, de una vez por todas, reconocer la otra parte de la casa, habitada por parientes cercanos y a quienes nos cuesta trabajo admitirlos como tales. Viene a mi mente la imagen de una mujer andrajosa pidiendo limosna en las calles, con la melena revuelta, la mirada desvaída y la carne macerada por la lepra; mientras se acerca con cautela, yo me detengo porque no puedo dar un paso más y escucho atónito sus palabras mordisqueadas por el dolor; me pide dinero, y aunque le doy lo poco que traigo, pone a prueba mi caridad y mi amor hacia el prójimo, hacia el Otro. Era tan real la presencia de la leprosa; y precisamente por ser tan real, la concebí como una metáfora de la nación que empezaba a recorrer con ánimos de explorador. 

 

Y mi recuerdo más remoto de Guatemala lo procuró mi abuela paterna, cuando yo tenía como 6 años. Camuflada en su autosuficiencia recoleta y viéndolos por encima del hombro, ella llamó “chapines” a dos jóvenes comerciantes que le ofrecieron todo tipo de productos frente a la puerta gigantesca de su casa de pueblo. Ahora que leo Barcos en Houston, de la narradora Nadia Villafuerte (Chiapas, 1978), las imágenes de estas personas y mi perspectiva sobre la frontera sur han adoptado otras dimensiones y me han revelado significados inusitados, o tal vez un poco predecibles si nos atenemos al orden que rige hoy la economía mundial. Y confirmo al mismo tiempo que esas personas que siguen gravitando en mi memoria tienen rasgos comunes con los personajes que pueblan los cuentos de Villafuerte: son seres a la deriva, espectadores del horror propio generado por la miseria, y pese a ese sedimento que les cae como pesada losa al fondo del espíritu, logran mantenerse en pie para tejer los sueños rotos como un acto sedicioso.

 

En la década de los 80 empezó a tomar auge la narrativa fronteriza, fue tanto su impacto que para la década siguiente ciudades  de tránsito como Tijuana y Ciudad Juárez adquirieron un valor literario sin precedentes. De esa época, resaltan los libros de cuentos de los escritores Luis Humberto Crosthwaite (Marcela y el rey, 1988), Gabriel Trujillo Muñoz (Miriada, 1991), Federico Campbell (Los brothers, 1982 y Tijuanenses, 1989). También fue el despunte de narradoras con propuestas originales como Rosina Conde (Embotellado de origen, 1994), en cuya obra demuestra las vicisitudes de la mujer como trabajadora de las fábricas maquiladoras y su entorno doméstico poco prometedor. Por su parte, Rosario San Miguel (Callejón Sucre, 1994) explora los entretelones de Ciudad Juárez, potenciados por el suplicio y los deseos excéntricos de los personajes, bajo el ritmo de una prosa pocas veces inigualable dentro la narrativa de frontera.

 

Nadia Villafuerte retoma las tendencias de esta narrativa fronteriza, confecciona cuentos bien escritos y capta la realidad de la frontera sur con los sentidos ávidos que exige el periodismo de investigación; resalta los hábitos y las manifestaciones de la cultura popular; da cuenta del deterioro del núcleo familiar como si fuera otro clavo ardiente del impacto negativo de la globalización, por lo que los personajes se ubican en situaciones límite, destinados a prostituirse o a refugiarse en las pandillas como única alternativa para sobrellevar la interacción social; pero prevalece la presencia de la mujer como un acto reivindicativo. Y la violencia es el pivote que merodea en cada cuento, enriqueciendo y transformando la atmósfera de las ciudades fronterizas como Tapachula y el gozne geográfico entre Tecún Umán y Frontera Hidalgo.  Por último, llama la atención el uso que le da al lenguaje fronterizo, una jerga estandarizada, con el empleo de  regionalismos sureños y expresiones peculiares de la frontera norte, incluso de pachuquismos y giros propios del spanglish, logrando un cóctel de frases y expresiones desterritorializadas que enfatizan las transformaciones de la cultura latinoamericana.

 

Es inquietante la manera en que Villafuerte concibe la literatura y cómo emplea sus herramientas para trabajar el género del cuento, que exige un trabajo de carpintería excesiva para no entorpecer la anécdota y hacer fluir felizmente la trama. Parafraseando a Claudio Magris, Barcos en Houston forma parte de la literatura auténtica, aquella que sabe narrar no a través de la pura invención y ficción, sino a través de los hechos directos, de las cosas, de esas transformaciones desquiciadas y vertiginosas. La frontera sur sirve de marco de los 15 cuentos y lo que evocan está ahí tomando forma y manifestándose: las voces de personajes errantes, proscritos por el imperio de la economía que los convierte en desechos, pero tenaces ante todo para privilegiar desde los intersticios que habitan el deseo y el ímpetu por sobrevivir. Como Camilo, personaje narrador de “Angeles y buitres” y vigía de las ciudades hermanas divididas por un río, que sabe y conoce los secretos de la frontera como la palma de su mano, le dice a Zoraida ante la súplica de ésta para que le proporcione el dinero suficiente para llegar a Tamaulipas: “aquí todo mundo está jodido, le digo y me voy corriendo y cierro la puerta, caray, afuera todo se cae pero la verdad me vale porque en mi casa también todo se viene abajo y si no soy yo, díganme, paisas, ¿quién recoge los escombros?”

 

 

Barcos en Houston

Nadia Villafuerte

Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Chiapas

Col. Biblioteca Popular de Chiapas

146 pp.


 
 
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